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¡Con pinzas por favor!

Desde que era niña cada vez que alguien decía “hay que tratar a esa persona con pinzas” inmediatamente se sentía un ambiente tenso, quedaba establecido que lidiar con ella no solo sería un reto, sino también probablemente una pesadilla. Básicamente a alguien a quien tuvieras que tratar con pinzas no lo querías cerca.

Hace un par de días me escribió un hombre muy importante en mi vida, del cual no sabía desde hace tiempo (mucho), todo iba bien hasta que leí (y cito textual) “aclaro que no es burla porque contigo hay que usar pinzas”.  Y así sin más, sin filtros, sin análisis de la situación y sin poner en contexto a quién me lo estaba diciendo, me convertí en la persona indeseable con la que tanto trabajo cuesta comunicarse. El enojo y la tristeza se apoderaron de mi como un virus de gripa en pleno invierno, no me dejó ni reaccionar. ¡No podía creer cómo me estaban diciendo eso a mi y que fuera precisamente él quien lo hiciera! Tantos años sin hablarnos, sin saber el uno del otro y ¿así es cómo está etiquetado mi nombre en sus recuerdos? Lo primero que pensé fue en responderle de manera sarcástica del tipo “tú no vendes piñas papacito”, después y muy dignamente decidí que, si eso era lo que pensaba de mi, claramente debíamos pasar más tiempo lejos el uno del otro y que no le respondería porque claro, no se lo merecía.

Afortunadamente la maravilla de haber cumplido 38 años es que al parecer la vida tuvo a bien regalarme paciencia, silencio, acción en lugar de reacción y prudencia. No quiere decir que desde hace dos meses vaya por el mundo aplicándolos en todo momento y circunstancia, no. Tomemos en cuenta que son mis nuevos juguetes y aunque estoy muy emocionada con ellos, todavía no los aprendo a usar del todo. Sin embargo, en esta ocasión lo hice y decidí que lo primero era desmenuzar la frase para entenderla.  Tratar a alguien con pinzas significaba que tenías que ser muy cuidadoso en la forma de hablarle, las palabras que usarías cuando estuviera presente, cuidar cada detalle para que la persona no se enojara o bien, se sintiera mal. Ser muy cautelosos con lo que decimos o hacemos para no generar una reacción negativa en la otra persona. Intentar no ser tosco o rudo, evitar las groserías o vulgaridades, sopesar si nuestros comentarios eran constructivos antes de decirlos, en fin… tener cuidado de no afectarla negativamente. Y entonces sucedió, me detuve por un momento y pensé… espera, ¡yo si quiero ser tratada con pinzas! Yo si quiero que me traten con cuidado, que piensen en no herir mis sentimientos, que dentro de la confianza e intimidad que hay en una relación también exista el respeto y la asertividad. No quiero ser tratada con pinzas como se trata a una bomba que va a explotar en cualquier momento, pero si como un ser que te importa y al que quieres, al que valoras tanto que te interesa no lastimar. Como todo en la vida el tratar con pinzas también tiene sus dos polos y yo acabo de encontrarle el positivo, y confieso con una sonrisa en la cara que me encantó.

De hoy en adelante, haré lo posible para tratar con pinzas a mi familia, amigos, a la gente que me importa y a todo el que me sea posible, porque en medio de eso estará el mensaje de “me importas, te cuido, te procuro, veo tus necesidades e intentaré ayudarte a cubrirlas, o por lo menos a no afectarlas”.

Acto final, respondí a ese correo con un “gracias por recordar que me gusta ser tratada con cariño”.

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