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Mi voz

Encontrar mi voz ha sido uno de los procesos más fuertes y complicados de mi vida, en gran parte por el bullying que recibí durante mi infancia y adolescencia que dejó un miedo enorme a no ser aceptada y me llevó a guardarla bajo mil candados. Y no es que nunca hablara, sino que simplemente adecuaba lo que decía a mi interlocutor, asegurándome de que no fuera a tomar a mal mis palabras y no huyera ante ellas. Cada vez que yo mantenía una conversación con alguien, ellos eran la prioridad, como yo estuviera se podía dejar de plática de relleno o para alguna otra ocasión. Y así, me fui convirtiendo en la amiga a la que todos buscan para hablar, entendiéndose hablar por el hecho de que solamente ellos lo hacían, a menos que me tocara dar algún consejo. Esta situación se convirtió en lo más cómoda para todos ya que ellos tenían un par de orejas a su disposición y yo, los tenía a ellos. Sin embargo, como todo se parece a su dueño, mi voz terca seguía luchando por salir y hacerse escuchar, trayendo con ello grandes crisis de ansiedad, ya que es imposible entender un idioma que nunca has aprendido y aunque ella era mía, no tenía idea de lo que decía.

Poco a poco fui entendiendo un par de palabras a las que llamé instintos y lo que me decía era maravilloso. Podía entenderla claramente y seguía al pie de la letra cada uno de sus consejos, me volví fiel a ella y nunca me defraudó. Después, cuando conocí el amor, la condenada dijo quítate que ahí te voy. Al parecer habíamos logrado hablar el mismo idioma y era tanta su necesidad por salir que lo hizo como caballo desbocado. El chiste nos duró poco porque obviamente no era así como se hacían las cosas, y aunque entre nosotras ya podíamos mantener conversaciones decentes, ella sola se volvió a guardar. Tuvo una buena etapa en la que se sintió oso y comenzó a hibernar, solo que lo suyo no eran seis meses por seis, hubo plazos bastante extensos que me hicieron dudar de si alguna vez regresaría o si de plano se había ido para siempre. Por fortuna, mi voz siempre ha sido sensata y en los momentos en que más la he necesitado, esos llenos de urgencia por hablar, se presenta y hace su trabajo con un profesionalismo que pone en duda su todavía pánico escénico.

De unos años para acá, mi vida ha comenzado a dar unos giros fuertes, de esos que cambian los chips que has traído desde siempre y los reemplazan por unos que parecen psicodelia a lo que venía siendo la historia. Lo que quería ya no lo quiero, lo que me gustaba ahora me da lo mismo y lo que no soportaba, me parece sumamente interesante. Y para que todos estos cambios fueran profundos y consistentes mi voz tenía que salir, así que comencé a tocar su puerta todas las mañanas. Al principio le cantaba “Buenos días alegría” pero como no era fan de Juan Gabriel, ni siquiera me abría la puerta. Después opté por contarle un sinfín de historias en las que quedaba claro el por qué la necesitaba tanto, hasta que caí en cuenta que justamente eran todas esas historias las que la habían hecho recluirse. Finalmente, decidí no forzar las cosas y mostrarle una imagen de lo que la esperaba si decidía salir, así que me senté todas las mañanas por un largo tiempo con una taza de café en mano y otra a mi lado, para que cuando decidiera salir estuviera lista para ella. Un día, sin darme cuenta, ya estábamos bebiendo ese café como las dos grandes amigas que somos y que sólo que no habíamos tenido el tiempo y el espacio para descubrirlo. Con el paso del tiempo empezamos a entendernos mejor y a encontrar la forma de actuar, no de reaccionar. Los primeros pasos fueron débiles, pequeños y otros hasta toscos. Herimos algunos sentimientos y a la par, aprendimos a disculparnos por ello. Dijimos fuerte y claro cosas de las que no teníamos clara conciencia nos representaran, nos dimos cuenta de que poco a poco las piezas del rompecabezas se iban uniendo para formar una imagen completa de nosotras mismas y la verdad es que nos gustamos mucho, como nunca había pasado. La fortaleza que empezamos a tener fue extraordinaria y nos dio una lucidez increíble que condujo el camino por estrechos insospechados llenos de bendiciones. La relación entre ella y yo iba de maravilla, creíamos que por fin estábamos logrando lo que siempre habíamos querido, que ella se pudiera expresar a sus anchas y fuera escuchada, sin embargo… no fue así. El siguiente obstáculo con el que nos encontramos fue hablar frente a un oyente verdadero, creemos que al haber sido orejas por tanto tiempo, fue difícil para las personas vernos como una voz con boca, mente y corazón. Por otro lado, nos dimos cuenta de que estamos viviendo una etapa de la humanidad donde el ensimismamiento prevalece y las personas no tenemos los recursos necesarios para escuchar como queremos ser escuchados. La cortesía de una sonrisa y un “te entiendo” conforman casi siempre el intercambio de una conversación, mientras el verdadero entendimiento y la validación de nuestros pensamientos y sentimientos son tan difíciles de encontrar como una aguja en un pajar. En ocasiones, hasta nos hemos visto en la necesidad de ofrecer disculpas por haber externado lo que sentíamos o pensábamos y no sé si eso les habrá pasado alguna vez, pero es una horrible experiencia de autodestrucción donde te invalidas a ti mismo para darle valor a los demás y el regreso de ahí es un poco más duro que el principio. Esta mala comunicación, sobre todo en los últimos dos años, ha traído importantes rupturas en mis relaciones, tanto porque lo que digo no es bien recibido como por la invalidación a mi misma, envolviéndome en terribles confusiones sobre el camino correcto.

Afortunadamente mi voz y yo hoy estamos más juntas que nunca, trabajando para soltarnos a grito pelado, aunque cada vez haya menos personas en el camino acompañándonos. Muchas veces juntamos tanto material para decir que me da miedo el momento de soltarlo, pero ella y su sensatez me hacen ver que solo es miedo escénico y que ése, está bien tenerlo. Seguimos buscando la variedad de formas en las que podemos expresarnos, como ésta, escribiendo. Donde en realidad no hay un destinatario particular del otro lado que pueda sentirse agredido por nuestras palabras, pero si, alguien que pueda sentirse como nosotras y que necesite recordarle a su propia voz que la solución nunca será dejar de hablar, sino encontrar el público adecuado para ella y las formas correctas de comunicarse con él. Que donde no hay validación, no es un lugar fértil y aunque duela nos debemos de mover.  Que ella, nuestra voz, representa todo lo que somos, lo que hemos vivido y sentido a lo largo del camino, que nada es gratis y que si ella dice que pasó es porque así fue, sin necesidad de que alguien más secunde la moción. Y que lo mismo pasa con el resto de las voces, por lo que tenemos que escuchar más con el corazón para validar el camino de la persona que nos habla.

Mi voz es mi fuerza, mi amiga… lamento si alguna vez te ha herido, nunca ha estado en sus intenciones hacerle daño a alguien y mucho menos a un ser querido. La verdad es que, aunque a veces no se ha sabido comunicar, también lo es que hay verdades que no son fáciles de procesar sin importar quién o cómo nos las sirvan, pero esa ya es otra historia.

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