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Soy una mujer lechuga

Hace tiempo una de mis actividades laborales era producir y vender hortalizas orgánicas, entre ellas las lechugas. Para poder hacer bien mi trabajo, me involucré en todo el proceso de siembra y cosecha donde aprendí las necesidades de cada planta para su óptima producción. Conseguir las semillas, sembrarlas en unos apartados especiales y cuando la plántula tuviera el tamaño necesario, pasarlas a los módulos correspondientes del invernadero. Ahí se tenían que regar con cierta periodicidad, abonar, cuidar de las plagas y acompañarlas durante todo su proceso hasta estar listas para su cosecha. Una labor rutinaria y sencilla pero también delicada de la cual dependían.
Hoy llego a casa después de unos días de ausencia y al revisar mi pequeño jardín me encuentro con la imagen que les comparto con este texto, muchas lechugas bebé listas para brillar. Todas son el resultado de una planta que me regaló un amigo muy querido hace meses, ella depositó sus semillas en la tierra sin que yo participara más que en ponerla en el lugar adecuado para que al secarse su flor, el proceso fluyera solito. Confieso que estos meses he estado muy encerrada en mí misma y que esperanza, fe y un poco de agua muy de vez en cuando han sido lo único que les he podido dar a mis plantas y aún así, ¡ellas viven felices!
Entonces, ¿por qué si a las lechugas del invernadero las dejábamos solas un par de días se morían, las de mi casa viven sin que ni siquiera yo esté en la ciudad?
Creo que el compromiso y la atención van de la mano, en ambos casos estuvieron claros desde el principio y cada parte se hizo responsable de lo que le tocaba y para mi eso es lo mismo en todas mis relaciones. Gran parte de mi camino lo he recorrido sola por lo que no estoy acostumbrada a tener a muchas personas alrededor, menos si es para darme agua, ponerme abono o cuidarme de las plagas, por lo que soy yo quién directamente se hace cargo de esas actividades. Sin embargo, cuando alguien llega y por iniciativa propia empieza a darme agua todos los días o tres veces a la semana, lo recibo con los brazos abiertos y me enfoco en el abono o en las plagas para que juntos logremos una cosecha mucho más bonita que la que pudiera sacar yo sola. Al final del día, de nada sirve que las hojas de la lechuga estén grandes y hermosas si no va a haber nadie que se las coma. Pero si esa persona de repente y sin aviso deja de venir a regar o baja la periodicidad entonces me empiezo a secar. Sé que puede sonar muy absurdo porque era algo que yo hacía sin necesidad de alguien más y resulta que simplemente no estoy pudiendo realizar, pero es que, contando con esa atención y ese compromiso, me dediqué a lo demás y retomar el proceso anterior requiere tiempo de ajuste.
Habrá plantas a las que esto les dé igual y que puedan mantener su proceso normal sin dificultades, tengan las alteraciones que tengan, pero yo no, yo soy una mujer lechuga. Yo necesito claridad en el proceso, en la atención y en el compromiso con ambos. No pido nada más que recibir lo ofrecido, y a cambio prometo dar unas hojas hermosas y muchas flores para que la siembra y la cosecha continúen.

Sé que no a todos les gustan las lechugas, pero si tú eres de las personas a las que si, ven, te invito a comer una deliciosa ensalada de nuestra propia cosecha.

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